. Aunque nació en plena época romántica, nada tiene en común con el Romanticismo. Su profunda vida interior está reflejada en su poesía, llena de lirismo, intimidad y pensamiento. Su voz, sin duda, es una de las más originales que ha dado la poesía americana, por su fragancia y precisión. Son poemas, en su mayoría, breves pero intensos, en los que expresa de una manera inconfundible su mundo interno, con una gran emoción y belleza.
“¿Por qué se ha convertido Emily Dickinson,
durante los últimos años, en una de las poetas más traducidas al español? ¿Por
qué su poesía interesa tanto a todo tipo de público, desde el lector culto al
lector joven que busca voces cómplices, cercanas? Muy sencillo. Porque es
moderna y actual, pese a que vivió en el siglo XIX. Porque su misterio contiene
una frescura y una capacidad de sugerencia que no se agota nunca. Y porque
consigue mostrarse a un mismo tiempo honda y ligera, y sabe hallar lo profundo
en lo más cotidiano.
Escribió cerca de dos mil
poemas, pero solo vio publicados unos pocos, y no en un libro, sino en alguna
revista de la época. No debió de importarle mucho y, a la larga, eso preservó
su independencia, su autenticidad. La creación poética le sirvió como motor de
vida y como aventura de conocimiento, no como escaparate ni como instrumento
para saltar a la fama. Emily Dickinson hizo de la escritura una habitación
propia en la que perderse y encontrarse, en la que expresarse con un lenguaje
innovador, libre, original.”
(Lorenzo Oliván en Emily
Dickinson. Una ardiente bruma. Antología. Ed. Edelvives, 2024)
Emily Dickinson (Massachussets, 1830-1866)
Nació en el
seno de una familia rica y puritana de Nueva Inglaterra. Estudió en la academia
de Amherst y en el seminario femenino de Mount Holyoke, cerca de Boston, pero
su delicada salud y su rebeldía religiosa la llevaron a abandonar el curso
antes de tiempo. Dickinson, que fue una joven activa y llena de vida, se
encerró a los 30 años en la casa paterna y ya no salió. No obstante, mantuvo el
contacto con los seres queridos a través de sus cartas, tan cuidadosamente
elaboradas como sus poemas. Poco después de su encierro, habiéndose reafirmado
en su vocación poética, escribió al periodista y crítico Thomas Higginson para
saber si sus versos «estaban vivos». Pero el genio poético de Dickinson estaba
muy por encima de las capacidades de su pobre «preceptor», quien le aconsejó no
publicar. Las primeras selecciones de sus poemas fueron editadas póstumamente.
Paradójicamente, estas corrieron a cargo del arrepentido Higginson y de la
escritora Mabel Loomis Todd. Sus poemas gozaron de un inmediato reconocimiento
popular. La crítica tardaría todavía muchos años en concederle el lugar que
merece en la historia de la poesía universal.

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